miércoles, 30 de diciembre de 2009

Borges y yo.


Borges y yo
"Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro."

Muchas veces no sabemos que hacemos, o lo sabemos pero ignoramos algunas cosas. Los espejos suelen mentir, el otro yo suele ser el bueno y nosotros los malos. Estoy cansada de oír los murmullos que se escriben en la hoja de la memoria del otro, de leer los sueños que quieren y los sueños que no se cumplen, extraño extrañar aquellas emociones. Las cubetas de leche no aguantan más, las ultimas gotas derramaron, desataron una inundación de pequeños indultos, insultos...no sé.
Los suicidas, los amantes, los recíprocos, los casados, los viajeros, los del otro lado, esperan cinco minutos antes para decir que es hora, que lo deben hacer y que ya es tarde. el tiempo nos ahoga, así como las decisiones, pero no hay más muerte que el silencio, los que callan y prefieren tener prudencia o simplemente tienen miedo de ir más allá de los cinco minutos.

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