martes, 13 de noviembre de 2007

Andrea.

Andrea se despierta, abre los ojos Andrea ante el mundo y sus ojos reflejan el maravilloso mundo interno de los sueños que la agotan y desagotan en múltiples veladas. Cuando Andrea duerme, el mundo calla. Y es que la manera de dormir de Andrea no se parece, ni se asemeja, a la manera de dormir de ningún otro ser humano. Comienza cerrando los ojos a las cinco de la tarde, por el sólo hecho de que el sol a esa hora decide mirarla por el agujero negro que luego es su ventana. Parece una señal convenida, un misterioso vínculo entre ella y la noche que apenas se avecina. A las seis de la tarde, su respiración acompasada marca el ritmo de los autos y las motos que rodean la casa, la cama, de Andrea. A las siete nada, ni nadie, pueden interrumpir el vínculo que Andrea ha hecho con la noche renovada. Nada, hasta el día siguiente, se interpone entre Andrea dormida y la marea de mundos que la noche es en ella. Abre los ojos Andrea, y despiertan a la vez todos los ruidos, todas las nubes, todos los árboles. Y ella, que finge no saberlo, salta de la cama, despierta, desmemoriada, como si lo que acabara de hacer no tuviera resonancia alguna con la noche, todas las noches, pasadas.

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